Cuando Wangari Maathai fundó el movimiento ecologista Cinturón Verde de Kenya, en 1977, más de 50 mil mujeres pobres tuvieron, por primera vez, un empleo seguro para subsistir y un poco de dignidad para luchar por sus derechos.
La primera mujer del África subsahariana en obtener un doctorado ha sido durante más de tres décadas promotora del desarrollo sostenible en su país y en el continente, y de la defensa de la naturaleza viva; pero su actividad tiene como centro, sin duda, la igualdad de género y de oportunidades, en favor del sector más relegado de la sociedad.
Desde su puesto como actual viceministra de Medio Ambiente, Maathai alcanzó la cima del reconocimiento internacional, cuando el Comité noruego la galardonó con el Premio Nobel de la Paz 2004, entre 194 postulantes del orbe a la máxima distinción.
Para esta mujer de 64 años, la preservación de la especie humana debe ser la preocupación constante de todos los desafíos por salvaguardar la biodiversidad, de ahí su tenaz lucha contra la pobreza, la anacrónica e injusta deuda externa del Tercer Mundo y el flagelo del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).
Oriunda de una de las regiones más empobrecidas del mundo y la más azotada por la pandemia, con 25 millones de portadores del letal virus, Maathai reiteró tras recibir el Premio que el SIDA fue utilizado como "arma biológica" para exterminar poblaciones enteras, sobre todo en desmedro de ¿la raza negra?.
"Nosotros, los africanos, siempre vivimos con los monos, sin consecuencias, mientras ahora estamos siendo exterminados más que ningún otro pueblo en el planeta por esta pandemia", sentenció la activista de derechos humanos y ecologista de larga trayectoria. Insistió, para disgusto de Washington y su aliada Europa, que el VIH fue creado en un laboratorio por razones de guerra biológica.
Graduada en Biología, la activista keniana ha adoptado un enfoque global del desarrollo sostenible en su país y en toda África, que incluye los pilares de la democracia y los derechos humanos, particularmente los de la mujer.
Su experiencia de más de 30 años de labor en viveros y parques nacionales trabajados por féminas, ha sido implementada en otras naciones del continente, primera cuna de la humanidad, para mejorar la precaria situación de las que llevan el tremendo peso de la familia y la procreación.
Consciente de estos presupuestos, Maathai emprendió en 1977 el proyecto Cinturón Verde a partir de un concepto más humano del medio ambiente, pues con la siembra de árboles -dijo- se detiene la desertificación y preserva los hábitats forestales para la vida salvaje.
Y al mismo tiempo, proporciona una fuente de combustible, materiales de construcción y comida para futuras generaciones, con lo cual se combate la hambruna, flagelo que azota a millones de personas en el llamado "continente negro", entre ellas mujeres y niños.
"Hay claramente una relación entre la pobreza, la malnutrición, la falta de leña como fuente de energía y la degradación ambiental", repitió una y otra vez al llamar la atención en los estrados de la Organización de Naciones Unidas, adonde llevó sus preocupaciones e iniciativas para beneficiar a los pobres.
Maathai, quien rompió con las tradiciones que relegaban a sus semejantes a la oscuridad del hogar, pasó a ser la primera mujer africana laureada este año con el Premio Nobel de la Paz y la duodécima del mundo en recibir esta distinción, desde 1901.
Su nombre figura entre las reconocidas activistas Shirin Ebadi (Irán), Rigoberta Menchú (Guatemala), Aung San Suu Kyi (Birmania) y Madre Teresa de Calcuta (India).
Encabezó el grupo africano de Jubilee 2000 por la cancelación de la deuda externa del Tercer Mundo, dirigió el Consejo Nacional de Mujeres de Kenya entre 1981 y 1987, e integró el Consejo de Desarme de la ONU.
Acompañan su prolífero activismo político y ecologista galardones personales como Mujeres del Mundo de Women Aid (1989), Fundación Ecologista Goldman (1991) y Premio África de Naciones Unidas, entre otros.
Cinturón verde: Emancipación femenina
Si bien el movimiento ecologista comenzó para reforestar los bosques en Kenya y vastas áreas de África, Cinturón Verde se convirtió en un grito con voz de mujer por la verdadera liberación de género: la económica.
Desde su fundación, el proyecto ha plantado unos 30 millones de árboles y creado 80 mil puestos de trabajo con participación femenina.
Los bosques cubren sólo un 1.7 por ciento de la superficie keniana, en lugar del 10 por ciento establecido por las Naciones Unidas como meta mínima.
Con similar ímpetu, el programa por la floresta fue generalizado en más de 30 países africanos, entre ellos Etiopía, Malaui, Lesotho, Tanzania, Uganda y Zimbabwe.
Teniendo en cuenta la desventaja de ser madre, esposa e hija en condiciones del más acérrimo silencio, entre vejámenes, explotación y otras formas de violación de sus derechos, un proyecto de tal naturaleza sienta las bases desde los sectores populares para la liberación, con una nueva concepción del rol de ellas en estas sociedades.
Educación, cultura, planificación familiar y participación política fueron las palabras que poco a poco conquistaron el lenguaje y prácticas diarias del variopinto movimiento en la década de los 80, a la par de sembrar las semillas de los futuros gigantes verdes.
Pese a sus funciones claves en el desempeño de la economía familiar y local, las mujeres africanas ostentan las tasas más altas de analfabetismo al sur del Sahara, en un casi 50 por ciento superior a los hombres. Y también sobre ellas recaen más horas de trabajo, en comparación con los varones.
A las niñas desde temprana edad se les encarga de los trabajos domésticos, como acarrear agua y leña, a los que destinan la mayor parte del tiempo y les impiden estudiar.
Investigaciones de Naciones Unidas sostienen que las féminas de las zonas rurales transportan cuatro veces más cargas que los del sexo opuesto, y realizan hasta un 90 por ciento de las labores de cava y arranque de malas hierbas.
Asimismo, perciben mucho menos dinero que los hombres y en escasas ocasiones son dueñas de algo propio.
En cuanto a las relaciones sexuales, persiste en muchos países africanos la práctica de una total subordinación a su pareja y parientes masculinos, lo cual las expone a un alto grado de vulnerabilidad ante la propagación del SIDA.
También son ellas las que contribuyen al sustento del hogar con la venta de productos en los mercados, además de ocuparse de la leña, las medicinas, la preparación de los alimentos y el cuidado de los hijos.
Por eso, Cinturón Verde es más que un alivio a la situación de miles de estas heroínas anónimas que, por demás, siguen perpetuando nuestra especie y alimentando a un alto porcentaje de la población africana y mundial.
Tomado de Revista "Lux", del Sindicato Mexicano de Electricistas, México
www.sme.org.mx/revistalux/lux541/varios/169a171.htm
LUX 540-541; OCTUBRE- NOVIEMBRE DE 2004
(La autora es periodista de la Redacción de Sudamérica, de PRENSA LATINA.)